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Boda

25 DE DICIEMBRE DE 1958, PARROQUIA DE GÜINES.

 

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De izquierda a derecha Carlos Angulo, mi padrino y padre de crianza; Eugenio Angulo e Irene Martínez, mi padre y mi madrastra; nosotros; Miguel Granda y María González, los padres de Mariluz.

A continuación les contaré con mas detalles como ha sido nuestra vida a partir de esa fecha. Aquella noche del 25 de diciembre de 1958 en que Maríluz Granda González  y yo nos casamos en la iglesia católica de la parroquia de Güines, en la provincia de la Habana, ante el padre Enrique Méndez.  
Después de los brindis acostumbrados y rodeados por el cariño de  familiares y amigos que compartieron con nosotros ese maravilloso evento social, partimos para La Habana a pasar nuestra primera noche en el acogedor Hotel Riviera a orillas del malecón habanero.

Esa misma noche, como presagio de todo lo que habría de acontecer posteriormente, cuando apenas llevábamos media hora en la habitación del hotel, el ex-esposo de mi cuñada Migdalia, Oliden Izquierdo, quien posteriormente resultara un comunista furibundo, cometió la maldad de llamar al cuarto, personificando al temible Coronel de la Policía de Batista Esteban Ventura y que, conociendo que al día siguiente partiríamos para Miami, donde seguramente nos reuniríamos con los contrarios al régimen, me haría una visita de rutina a mi habitación. El resto de esta maldita broma lo dejo a la imaginación de quienes me estén escuchando o leyendo.

El 26 de diciembre por la tarde mi esposa y yo partimos rumbo a Miami, donde nos esperaba en el aeropuerto mi hermana Adelaida que se encontraba viviendo en dicha ciudad.

Del 26 de diciembre a la madrugada del 5 de enero de 1959, permanecimos en Miami sin poder disfrutar de nuestra luna de miel, ya que entre mi hermana, los enemigos de Batista, algunos de ellos compañeros míos de la Escuela de Derecho de la Universidad de la Habana y la desinformación que aparecía en el Diario Las Américas, único periódico hispano en aquel entonces, nos vimos envuelto en aquel proceso como si fuéramos unos exiliados más de aquella época. Si bien no estábamos de acuerdo con Batista, tampoco fuimos exiliados.

En la madrugada del 31 de diciembre recibimos una llamada de Teté Rodríguez, esposa de Luís Orlando Rodríguez, quien posteriormente fuera Ministro de Gobernación del primer gabinete del tirano, diciéndonos, “El negro se fue,” y acto seguido nos vestimos y nos unimos a la algarabía que aquella madrugada se produjo en Miami por los cubanos exiliados en aquel momento.

Del primero de enero a la noche del 4 en que al fin pudimos conseguir asiento en el avión que nos condujo de regreso a La Habana la madrugada del 5, la angustia y la desesperación se mantuvo en los rostros de mi esposa y mío, ya que en la familia de ella, al igual que en la mía, teníamos parientes muy cercanos que simpatizaban con el régimen de Batista y las informaciones que se recibían en Miami sobre lo que estaba sucediendo en toda Cuba no eran buenas.

Esa madrugada aterrizamos en un Rancho Boyeros a media luz y nos recibió una Habana a oscuras producto de una huelga general que se encontraba en su último día, pudiendo pasar lo que quedaba de esa noche en el hotel Sol de Cuba, cerca de la piquera de Güines en Monte y Cienfuegos.

A día siguiente, tan pronto nos despertamos, alquilamos un taxi que nos llevó hasta Güines, donde el encontrar a todos bien hizo que el alma nos volviera al cuerpo.

Ese mismo día regresé a La Habana y me fui a la Plaza Cadenas en la Universidad, donde un grupo de valientes estudiantes mantenían tanto la Universidad como el Palacio Presidencial tomados simbólicamente en señal de protesta por el rumbo unipersonal que desde el primer instante tomó la Revolución.

La actitud traidora que algunos estudiantes asumieron colocándose grados de comandante sin méritos de ningún tipo y las palabras del tirano mientras se encontraba en su recorrido de Santiago a La Habana pidiéndole a las madres cubanas que fueran a buscar a sus hijos usando la frase de “¡Armas para que!”, dieron al traste con aquella actitud valiente e inolvidable que pudo haber cambiado el rumbo de la historia.

No obstante esta desagradable primera impresión, decidimos darle un plazo a los nuevos dirigentes y nos incorporamos a las clases en la Escuela de Derecho cuando la Universidad de La Habana fue abierta nuevamente, para así terminar nuestro cuarto año y posteriormente iniciar el quinto.

Durante esos dos cursos se produjeron los hechos que nos llevaron a la lucha, pública primero y clandestina después, que narraremos a continuación.

El participar en programas de radio en La Habana defendiendo la Ley 11, mediante la cual se criticaba y condenaba a los que se habían aprovechado del tiempo en que la Universidad de La Habana se mantuvo cerrada, para tomar clases en universidades como la José Martí, donde era sabido que la corrupción imperante en ese plantel permitió a muchos procurarse de títulos falsos, nos permitió ser entrevistados por españoles republicanos exiliados cuyas preguntas fueron dedicadas en su mayoría a atacar a la iglesia católica y no a la información que queríamos dar al pueblo.

El silenciar al estudiantado ofreciéndole posiciones de todo tipo en el nuevo gobierno, como fueron las aplicaciones que me diera José Puente Blanco, en aquel momento gran amigo y Presidente de la FEU, para que las repartiera entre mis compañeros de Derecho que vivían en Güines para trabajar como inspectores en el Tribunal de Cuentas (dicho sea de paso no acepté ninguna para mí), fue uno de los objetivos inmediatos del régimen.